Humberto y Rómulo gritaban a viva voz por su gallo de pelea favorito, osea aquel que le había apostados sus últimos riales; Humberto sentía como se le acelera el palpitar de su corazón, palpitaba desbocado, como queriéndose salir de su pecho, mientras él gritaba más y subía los brazos, como anunciando su victoria con su gallo preferido, pero como todo en la vida, las cosas cambian de un segundo a otro; sus brazos caían lentamente y su rostro se fue transformando en derrota, cuando vio a su gallo preferido ser cortado con una estocada por su oponente fiero hasta la muerte; Humberto y Rómulo se miraban mutuamente, incrédulo de tal escena de muerte; pero las cosas no se iban a quedar así, querían venganza a toda costa; apostaron sus últimos riales, sin importarle que se quedarían sin nada para el resto de la quincena, pero la frustración y el calor de los tragos, sus mentes torpes e irracionales no aceptaban la prudencia que la razón que le pudiera dar cuando estuvieran sobrios y sin ningún rial en sus bolsillos. Diez meses después....... Humberto se tiró en su camastro exhausto y exhalando su último aliento de fuerza que le quedaba después de otra dura jornada de trabajo en el campo, jamás en su vida se había esforzado tanto por un objetivo en concreto; tal vez era eso lo que necesitaba en su vida para luchar con fuerza para superarse, tocar fondo; Humberto miraba las paredes de su habitación descoloridas y sucias, su único mueble, una silla con la misma situación deplorable; todo era: insalubre, ruin y feo. Pero a Humberto se le dibujó una sonrisa en su rostro, con rapidez se dio la media vuelta todavía acostado y metiendo su mano derecha debajo del colchón sacó un rollo de billetes de baja denominación, no era mucho dinero pero lo seguro era un dinero honrado, con trabajo duro y muchos sacrificios; en esos momentos pensó en su padre y madre que había dejado en España, con la esperanza que su hijo tuviera éxito en América y les pudiera ayudar económicamente; Humberto mira el dinero en sus manos, recordando que después de un par de años en América, jamás nunca les mandó dinero a sus seres queridos, pero no era el momento todavía de ayudar a otros mientras él todavía seguía naufragando en el mar de la miseria; se levantó con rapidez con una fuerza que no tenía, hasta que recordó a sus padres y se fue directo a la casa de Don Juan, el hombre que criaba a los gallos de pelea, y los vendía a precios exorbitantes.








