Corta alegría, ese deseo ingrato, un afán perdido.
Suspiro esta tarde con mí dolor disminuido, despojo todo aquello que hoy aborrezco, la impía historia.
Para amargo temor de la memoria, vos halláis en mí daño reducido; más, después de mis males pretendidos, mal podéis pretender mayor victoria.
Te conozco al fin, y siento bien mí engaño; que el dardo que en mí pecho hace temblar, mostró la fiera experiencia de mí afrenta.
¡Déjadme pues! Huís, mí desengaño, vuestra promesa ya no deseo, ni el bien de tú pena me contenta.
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