Las traslúcidas manos de aquel Judío, labra en la penumbra los cristales; las tardes mueren y la noches son frías; sus manos, su condena, habré el espacio y en su frente ilumina el orbe. Palidece en el confín de ghetto.
Hombre inquieto que sueña un claro laberinto, no lo turba la fama, es un sueño en otro sueño; libre de metáfora y mitos; labra arduo su laberinto, un mapa infinito.


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