En un pequeño espacio del mundo, amarillentos gorriones surcando el cielo, al rededor de una llama serpientadora; ilumina los semblantes rostro triste y de incertidumbre de todo un pueblo. Pero se puede observar con tal silencio, la calma que allí reposa; mezclando los sentimientos con una voz melancólica, murmurando tan dulcemente como viento en las hojas.
¡Es el Ungido! Que tierno allí alza tan queridas estrofas; y que expresa de su pecho la congoja.
Pensamientos grandiosos se traslúcen más, como nocturnas luces, al irradiar las compuertas se abren del destino. Las fantasías sujetan en las consonantes del idioma, pero no permiten que se eleve la inspiración creadora, ni que sus altivas alas del valor, los grillos rompan, ni los instintos de venganza les trace una senda propia.
¡Muéstrales más allá de los cielos! Aquella ansiada corona, que ilumina todo espacio con luz esplendorosa; para embeber fácilmente las gotas de sus corazones regocijados, destilarlas y convertirlas en cantares.
Después de la tempestad viene la calma, como las tranquilas ondas, sus almas siente paz y tranquilidad, sus corazones se regocijan, el fondo del alma toca. Porque su maestro es la naturaleza sola, a quien ellos sin saber, a oscuras á tientas copian.
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