El suave color que dulcemente expira, el tierno ardor de rosa pura, la viva luz eterna, el sereno candor, y aquella alegre sonrisa; en mí lecho de adolescente le pregunté a mí amor verdadero: ¡Abuela! En mí vida futura ¿A quien le tengo que rezar: a Venus o a la Inmaculada?
Con su mirada de Sol ilustrada, con su voz contempló mi vida futura, y aunque Venus sería mí lumbre soberana, me dijo, Rezar siempre así: ¡Salve divina Emperatriz del Cielo! Como la gracia pura, mística luz de paz y de consuelo; tesoro de hermosura. ¡Salve dulce final! Resplandeciente del Sol fecundo. Toma tú luz y lanzala, al ardiente, caótico y adormitado mundo.
¡Salve Inmaculada! ¡Mil veces Salve! Fruto del gran pensamiento, y bello tú hijo, mí Señor; débil tributo te da mis acontecimientos. Amén.

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