¡Oh! ¡Cuán triste se queja el alma mía! Si la mañana hermosa con su rosado velo, con plácida armonía me saluda al subir al alto al cielo, y por delirio de amor, saludo a la aurora con suspiro.
Si la tarde apacible con su franjado cielo bonancible, risueña su corona y arrulla mí frente con deleitoso y perfumado ambiente; pero mí alma no halla sin ella la apacible calma.
Si la noche serena, de paz y de encanto llena, me alaga cariñosa, los Astros del Universo que se elevan, en vano piden luz mis tristes ojos, porque sus ojos jamás me dieron nuevamente su luz.
¡Cuán Dichosos aquellos que en la ausencia del hado hallan clemencia, y ven dónde quieran, a una mujer querida!
¡En tanto a mi queja dolorida responde soledad muda y eterna!
¡Oh! ¡Cuán triste se queja el alma mía!
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